Antes de que se acabe mi tristeza, roza mi mejilla con tus dedos, ruboriza mi alma con tu encanto y acaricia mi cabello con tus besos.
Antes de que caiga la noche, despídete de mí con un abrazo, respira mi dolor en el ambiente y no me golpees con tu aliento.
Yo ya he perdido la esperanza, la dejé al voltear la esquina, y yo pensé, tontamente, que me buscaría.
No lloré hasta quedarme dormida porque tu recuerdo ya no duele.
Yo maté a mis sueños. Yo maté a tu recuerdo.
Una dulce voz me dijo “muere, ser humano olvidado e insignificante” y me corté los sentimientos sin cerrar los ojos y arranque de mis cabellos hasta el último pensamiento.
Y mi cuerpo, ya está muerto. Y mi alma no respira. Y mi corazón no responde.
Ya no siento tus caricias, aún cuando las huellas de tus manos están marcadas en mi almohada. Gran lamento para mis sueños muertos.
Como si habría un placer en sufrir en la tierra. Y no es abstracto porque lo puedes palpar con los dedos, incluso rasgar con las uñas, y saborear en la lengua, como si se tratara de algún dulce colorante que tiñe los labios de colores. Yo siento de la misma manera.
Antes de que se acabe mi tristeza, golpea mi cuerpo por última vez, mata mis sueños nuevamente y ríe conmigo en la melancolía que embriaga tus sentidos.
Antes de que caiga la noche, cuenta las estrellas como si contaras tus mentiras, regálame tu alegría y desvergüenza, y olvídate de mí antes de que salgas por aquella puerta.
