sábado, 26 de noviembre de 2011

Antes de algo, lo que sea.

Antes de que se acabe mi tristeza, roza mi mejilla con tus dedos, ruboriza mi alma con tu encanto y acaricia mi cabello con tus besos.
Antes de que caiga la noche, despídete de mí con un abrazo, respira mi dolor en el ambiente y no me golpees con tu aliento.
Yo ya he perdido la esperanza, la dejé al voltear la esquina, y yo pensé, tontamente, que me buscaría.
No lloré hasta quedarme dormida porque tu recuerdo ya no duele.
Yo maté a mis sueños. Yo maté a tu recuerdo.
Una dulce voz me dijo “muere, ser humano olvidado e insignificante”  y me corté los sentimientos sin cerrar los ojos y arranque de mis cabellos hasta el último pensamiento.
Y mi cuerpo, ya está muerto. Y mi alma no respira. Y mi corazón no responde.
Ya no siento tus caricias, aún cuando las huellas de tus manos están marcadas en mi almohada. Gran lamento para mis sueños muertos.
Como si habría un placer en sufrir en la tierra. Y no es abstracto porque lo puedes palpar con los dedos, incluso rasgar con las uñas, y saborear en  la lengua, como si se tratara de algún dulce colorante que tiñe los labios de colores.  Yo siento de la misma manera.
Antes de que se acabe mi tristeza, golpea mi cuerpo por última vez, mata mis sueños nuevamente y ríe conmigo en la melancolía que embriaga tus sentidos.
Antes de que caiga la noche, cuenta las estrellas como si contaras tus mentiras, regálame tu alegría y desvergüenza, y  olvídate de mí antes de que salgas por aquella puerta.  

Imposibilidad metafísica

Existe una imposibilidad metafísica en el quererte cada día.
Soñaba con los colores rosáceos de tu rostro que dulcemente aparecían al mirarme.
Era tan exquisito creer que me querías aunque sea un poco y que en tu corazón había un minúsculo lugar donde guardabas mis secretos.
Déjame creer que puedes ser el opúsculo de mi vida.
Yo podría robar la ventura del mundo entero y entregártela en un ramo de rosas.
Quizá te encuentres transida de dolor y yo lo entiendo.
Habría que fenecer la tristeza de tu mirada, pero no sin antes vaciar las últimas lágrimas tristes de tus ojos, para que no queden rezagos de haber llevado por tanto tiempo la nostalgia amarga en aquel cuerpo quebradizo.
Acepta de mis manos el sollozo de mi alma que llevo guardado por meses, talvez días u horas, para que veas con tu tacto delicado la verdad de mis amores y vivencias, y veas con tus oídos tan finos que yo no le he mentido a tu mirada desconfiada.
Dime, corazón taciturno, que no me guardas desprecio alguno en tu pecho por no comprenderte cuando callas y por olvidar calmar tu llanto cuando duermes.
Yo te quiero, en serio, te quiero.
Es por eso que guardo en mi memoria el brillo de tus ojos cuando el sol te observa, el color de tus labios, aquella sonrisa que guarda ternura en el filo de tus dientes, el sonido del suspiro melancólico cuando fallece en tu garganta y la suavidad del encanto de tu piel cuando roza mis dedos.
Existe una imposibilidad metafísica en el quererte cada día.
Y aún cuando no te quiero, en serio, yo te quiero.
Simplemente, te quiero.

Supongo que todo está bien

Me pregunto por qué la noche me sabía a melancolía en los labios y a soledad en la lengua.
Alguien que me diga por qué mis ojos ya no te veían aún cuando te buscaban.
No era usual que necesite abrazar a mi alma y sentirla caliente junto a mi pecho, como si quisiera estar segura de que sigue ahí.
Supongo que el tiempo que pasó ya no significa nada. Son minutos perdidos y, con suerte, horas ganadas.
Pero el miedo aún no pierde significado y se siente de a pocos cuando hay dudas.
Y la distancia que no es sino el vacío en toda su magnitud lleno de silencios lejanos.
Ya no escucho susurrar a tus pensamientos y temo que por las noches pueda oír que ya no dices mi nombre en voz alta. Quizá dejaste de pensar en mí.
Y está bien.
Es cierto que me miento de vez en cuando. Es la única manera de saber que debo ser valiente y fuerte. Una heroína.
Ya no respiro con regularidad. Dejé de quererme a mí misma.
Me cubro los ojos para no ver mi soledad. Y creo que he muerto porque esto ya no es vida.
Me han dicho que la muerte es fácil.
Vivir es más difícil y duele cuando te acuerdas de respirar por la nariz.
Ven, dame tu mano. Pero si te vas, cierra la puerta después de salir.
Por favor, no temas. Yo estoy aquí para cubrirte el corazón con las manos llenas de calor.
Te abrazo en mis sueños y luego muero en la incoherencia de lo que pudo ser una vida feliz, sin alma que duela, sin tristezas que consolar.
Y duermo con una sonrisa que se posó en mis ojos entreabiertos.
Cierro la boca y me muerdo los labios para que mis pensamientos no te llamen.
Me pregunto por qué la noche me sabía a melancolía en los labios y a soledad en la lengua.
Supongo que todo está bien.