Dejé que mis manos acaricien tu rostro. En el camino a tus ojos, recogí un par de lágrimas.
La tristeza abrazaba el ambiente. El amor era imperfecto por naturaleza.
Miré hacia mi corazón y no había amor que entregar.
Dejé que un suspiro cierre la despedida con una sonrisa rota.
Decir adiós costaba mucho. Supongo que el quedarse allí salía más barato.
¿Acaso no sentías que perdías el tiempo conmigo?
A veces creía que no te importaba.
Sentía que el mundo se estaba volviendo chiquito y deforme.
Me estaba quedando sin aire.
Me costaba respirar. Sentía que el aire estaba contaminado.
Yo tenía la necesidad de llorar. Yo quería hacerlo.
Arrancarme el corazón con mis dos manos frías.
Verlo latir y preguntarle ¿Qué sientes ahora?
Tenerlo frente a frente y demandarle cuál era su problema y el por qué no funcionaba bien.
Empiezo a creer que el problema no era él, sino yo.
Tal vez era una especie de enfermedad, de esas que no sientes lo síntomas hasta después de varios meses, de esas que carcomen todo lo bueno, de esas que no dejan ni siquiera migajas para los cuervos, de esas que mueres con solo respirarlas.
Supongo que lo mejor era escapar de mí misma.
Irme. Alejarme. Desaparecer.
No mirar hacia atrás después de las decisiones tomadas.
Algo que me tomaría mucho tiempo en aprender.
Y sonreía al recordar los tiempos fáciles. Aquellos en los que la vida misma no te era un problema.
Ahora todo era más complicado, difícil de entender.
Yo ya no entendía nada, nada de nada.
Todo me era ajeno.
Traté de hacer las cosas bien.
¿Pero el bien para quién? Para mí, por supuesto.
¿Pero si nunca piensas en ti? Desde ahora sí.
Ya no eres la misma. Nunca lo fui.
¿Quién eres? No lo sé. Suspiro una vez más, y otra, y otra vez.
Ahí se iba una lágrima. Ni siquiera la sentí.
Estaba en la oscuridad, en lo profundo de la nada.
Ahí me encontré con un par de manos.
Dejé que las mías acaricien algún rostro, y en el camino a unos ojos recogí un par de lágrimas.
La tristeza abrazaba el ambiente fuertemente.
Sentía que el amor era imperfecto por naturaleza.
Miré hacia lo que supuse era el cielo y no había estrellas que mirar.
Miré hacia lo que creí era mi corazón y no había ni una pizca de amor que entregar.
Suspiré por enésima vez. Ahora sí podría llorar.
